Algunos lienzos ya traen su propia historia. Diego Tirigall encontró la suya en la parte inferior de una tabla de skate. Afincado en Vigo, España, y pintando desde que dejó atrás una carrera en motion graphics, Tirigall toma tablas que ya han vivido toda una vida, rayadas, golpeadas, desgastadas por el asfalto, y las convierte en algo completamente distinto. Una premisa que suena sencilla, una ejecución impresionantemente técnica.
Diego Tirigall: Tablas que ya han vivido su vida

El skate y el street art vienen del mismo lugar. Ambos crecieron sobre el asfalto, ambos nacidos de una energía inquieta y DIY que nunca pidió permiso a las galerías. Tirigall pinta directamente sobre tablas que ya han sido usadas, y ahí está la clave. Las abolladuras y raspones no son daños que haya que disimular. Son parte de la composición incluso antes de que él tome el pincel.

Cada pieza es única. Esmalte, acrílico, óleo pastel, óleo, lo que la pieza necesite. Cada tabla está firmada a mano, por delante y por detrás, y viene con su Certificado de Autenticidad. Algunas obras se sostienen solas. Otras no se quedan en una sola tabla: los políptycos de Tirigall reúnen varias tablas en una sola composición, varias piezas que se leen como una sola pintura. Es un gesto más grande, pero parte del mismo instinto que impulsa las piezas más pequeñas, llevado a otra escala.
Hay una metáfora debajo de todo esto, y Tirigall no la esconde. El skate significa caerse, ajustar, volver a subirse. Es una disciplina construida sobre un fracaso que nunca se queda pegado. No es una mala forma de describir también una práctica pictórica.
Un lenguaje visual construido con fragmentos

Texto garabateado sobre la superficie. Pinceladas sueltas y expresivas. Colores primarios que no piden disculpas. Las tablas de Tirigall llevan la misma urgencia gráfica que siempre ha tenido la cultura skate, y no es casualidad. Sus referencias recorren el canon del street art que lo formó: Basquiat, Haring, Shepard Fairey, Banksy. Nombres que convirtieron superficies públicas en pintura seria, que es exactamente lo que una tabla de skate es para él también.
El panorama más amplio

Las tablas son solo un hilo dentro de una práctica mucho más amplia. Tirigall trabaja principalmente en street art y pop art, y su catálogo se extiende mucho más allá de los skates: pinturas de pequeño y gran formato, obra de galería y encargos privados. Llegó a la pintura por un camino lateral, diseñando primero motion graphics para cine, televisión y publicidad antes de volcarse por completo al lienzo. Esa mirada comercial nunca lo abandonó del todo. Se nota en su instinto para una composición que se lee al instante, incluso cuando lo que hay debajo no tiene nada de simple.
Imágenes fragmentadas de la cultura pop. Neoexpresionismo y art brut, superpuestos en lugar de elegidos por separado. Picasso y Antoni Tàpies en un extremo de sus influencias, Basquiat y Haring en el otro. En cada formato se mantiene la misma idea: imágenes que plantean preguntas en lugar de responderlas, construidas en el espacio entre lo consciente y lo que no lo es.
Tablas que se merecen colgar en una pared

Las tablas de skate son una buena puerta de entrada si te acercás a su obra por primera vez. Cada una carga con dos historias a la vez: la física, una tabla hecha para el movimiento y desgastada por él, y la pintada, que Tirigall añade encima. Se pueden rastrear ambas al mismo tiempo. El objeto conserva su pasado. La pintura le da un segundo pasado.
Ese es, en realidad, el hilo conductor de todo lo que hace Tirigall, tablas, lienzos y encargos por igual. Tomar algo con historia, ya sea ordinario, descartado o simplemente usado, y darle una razón para ser mirado de otra manera. Una tabla de skate nunca estuvo pensada para colgar en una pared. Tirigall demuestra que debería.
Sigue el trabajo de Diego en diegotirigall.com y en Instagram en @diego_tirigall.
Foto en encabezado: Diego Tirigall